Hemos hablado de la sobrecogedora fugacidad del tiempo en otra ocasión. Cada grano de arena que se escapa entre nuestros dedos nos resta un segundo más de vida.
Hoy en mi clase de yoga he tenido una situación en el que me he dado cuenta de lo mucho que empatizo y lo que eso te puede afectar en un momento determinado.
Una persona excelente, que irradia armonía, nos comentaba que no había podido venir a las dos ultimas clases porque había fallecido su padre. Había pasado unos días muy duros pero hoy necesitaba venir y reencontrarse consigo mismo.
Sentí mucho dolor por él, siendo dolor por una muerte comprensible debida a la edad, etc. se me encogió el corazón…
Y también me hizo recordar mi relación con la muerte y dio lugar a que surgiese una conversación interesante en la clase (conversación que yo solo escuchaba).
Afortunadamente, me he enfrentado con la muerte (ajena, se entiende) en contadas ocasiones. Mis tres abuelos murieron siendo yo niña, y aunque recuerdo a la perfección el día que murió uno de ellos (quien sentía predilección por mí), no viví de cerca su muerte, ni su entierro, etc.
Luego mi padre pasó por dos infartos, con la inquietud que eso te genera… pero al fin y al cabo está relativamente bien.
Hace tres años justo antes de una fecha muy importante para mí, me abandonaron dos seres que en aquel momento eran de vital importancia en mi vida. Una de ellas, era mi abuela política, con quien pude vivir sus 3 últimos años y con quien pude «vivir» a una abuelilla de las de toda la vida, que hacen croquetas y bordan toallas, que han regalado una infancia maravillosa a sus nietos, y que a mi me hizo pasar tan buenas veladas de invierno junto al brasero, y de primavera tomando el sol y charlando en la terraza.
Fue duro verla marchar, verlos marchar, y aun ahora me cuesta escribirlo, pero también eso me hizo reflexionar sobre el verdadero sentido de la vida. Sentir todo lo que habíamos compartido como un regalo, y sentirme feliz por haber tenido esa suerte.
Puede parecer simple, la muerte es incomprensible en muchos momentos, sobre todo cuando nos parece injusta o es de alguien a quien «no le toca»; pero al fin y al cabo, ¿qué nos queda más que lo que vivimos? NADA, y aun así eso posiblemente se «archive» o se pierda cuando le demos al boton del «reset» de nuestra vida.
La muerte seguirá a nuestro alrededor, seguirá llévandose a personas que sufren por nacer en lugares «desafortunados», y algún día, pasará a nuestro lado y puede que incluso nos roce con su túnica.
Por eso, y como decía una señora adorable hoy: «Cada día que nos levantamos es un regalo. Yo me levanto y pienso, mira que bien, otro día más! Y puedo pasear al sol y hacer lo que yo quiera.»
🙂